Si vamos estrictamente a los papeles, la empresa existe hace solo 4 años. Nació cuando yo tenía 41. Pero ser justos con la historia implica admitir que medir la vida en años calendario es, muchas veces, una métrica incompleta. En el mundo de los proyectos, el tiempo se mide en procesos, en intentos y en la maduración de las ideas.
Para que hoy exista INDEGAP como una empresa PyME del conocimiento, única en su categoría, tuvieron que converger dos caminos que, en apariencia, iban por carriles opuestos y que me tomaron media vida recorrer.
1. El camino formal. Fueron más de 12 años de formación dura: Ingeniería Agronómica, una Maestría en Viticultura y un Doctorado en Biología. Años de biblioteca, de paper y de laboratorio. Pero no fue solo acumular diplomas. Esa inmersión profunda decantó en un saber sui generis, una mezcla técnica que no se encuentra en ninguna currícula tradicional. Ese es hoy el “core” duro de la empresa: muchos pueden decir lo mismo que nosotros, pero no lo pueden hacer.
2. El camino de la “calle”. Al no venir de una familia de negocios, carecía de ese marco de referencia empresarial natural. No me quedó otra que salir a fabricarlo a los golpes. Mientras cursaba la parte académica, ejecutaba mis propios experimentos de mercado en paralelo: armé un club de vinos social (Seisentidos), produje y comercialicé plantas carnívoras, gestioné una huerta orgánica urbana y hasta elaboré mi propio vino (By Fran).
Ninguno de esos proyectos escaló. Fueron auto-empleos o la platita para cambiar la heladera. Pero sin darme cuenta, estaba aprendiendo de negocios. Mal y a los porrazos, pero iba acumulando.
El nacimiento de INDEGAP no fue un momento de iluminación mágica. Fue la consecuencia lógica de esos dos mundos chocando. Sucedió cuando noté que llegaba un interesado que no entendía qué pasaba en su finca y, al tiempo, otro que había leído mi tesis y la asociaba a daños en su cultivo. Vi que el mercado pedía ese know-how técnico cocinado durante años. Vi agua en la pileta y me tiré.
A menudo me preguntan qué tienen que ver los drones con la fisiología vegetal o con conceptos de diseño gráfico y marketing. Y la respuesta es que todo tiene que ver.
A los 45 años, entendí que nada se desperdicia. Si sentís que tu recorrido es desprolijo o que tus intereses no encajan, no te frustres. Tal vez, como me pasó a mí, tu verdadero diferencial no está en seguir el manual, sino en tu capacidad de cocinar en tu interior todos esos saberes sueltos.
La innovación real no sale de la pureza académica; sale de animarse a mezclar lo que nadie más mezcló.
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